Bajo de nosotros

Érase una vez que el nombre de Flor en su lengua materna significaba justo eso, una flor. Si ella hubiera sido alguien dulce tal vez su nombre hubiese sido Rosa, o si hubiese sido alegre y amigable como una caléndula de cabeza amarilla, Margarita. Cuando era niña, a menudo se imaginaba creciendo en algún lugar tropical, donde podría haber sido Jasmín. Los días en que todavía soñaba que estaba lejos del pueblo, cuando imaginaba que podría permanecer sin ser arrancada, como una flor al borde de un acantilado, como una Malva, sonreía. Quizás.

Pero todo cambió tan pronto llegó a esa edad en que ya no se es niña. Con los mejores deseos e intenciones su padre la dio en matrimonio a un predicador anglosajón mayor: un hombre con síndrome de salvador blanco, Xavier, y ella entonces se convirtió en una cama de flores. Con una lengua que no podía pronunciar la letra ‘r’, su nombre cambió de la noche a la mañana a Floor. Tras desflorarla la llevó a su tierra natal, donde su único deber después de la iglesia, el matrimonio y sus hijas era acostarse, servir y soportar.

—Floor, agáchate para poder alcanzar la alacena.

—Sí, señor—dijo Floor, poniéndose a cuatro patas, asumiendo la postura de una mesita.

—Ay, Floor acércate y quédate quieta. No puedo alcanzar el estante si sigues moviéndote—la regañó Xavier.

—Por supuesto, perdón—respondió, y no pronunció más palabras, ni siquiera cuando los zapatos de suela dura de su marido se clavaron bruscamente en su columna vertebral.

Apenas Xavier se apeó sus hijas, Malicia y Marlita, se subieron al banquito, una, luego la otra.

—¡Floor! ¡Floor! ¡Más arriba! ¡Más arriba!

—¡Uf!—Floor jadeó ante el peso combinado de sus hijas, pero no se quejó a pesar de que le dolía que la llamaran por ese nombre y ni siquiera cuando su no tan pequeña hijita, Marlita, le pateó la cabeza con su sucia sandalia Croc al subir y al bajar.

—¡Más cerca Floor!—ordenó Malicia, pisoteando la espalda baja de Floor con sus tacones brillantes y sonriendo no tan dulcemente cuando la columna vertebral de su madre crujió.

Una vez que sus hijas agarraron sus bocadillos, se sentaron sobre Floor y comieron con avidez, sin ofrecerle ni una miguita. Cuando estuvieron satisfechas, en un movimiento sincronizado, las niñas limpiaron sus manos aceitosas en el cabello de Floor, se levantaron y la dejaron.

Pero no hubo tiempo que perder pues poco después, ¡din-don! sonó el timbre.

—¡Floor!—plas, plas—¿No vas a atender la puerta?—ladró Xavier.

—¡Sí, Floor! ¿No vas a entender eso?—repitieron Malicia y Marlita, haciendo eco a su padre, mientras una chasqueaba los dedos y la otra señalaba la puerta.

Ante eso Floor se puso de pie, sonrió amorosamente a su esposo y a sus hijas mientras se quitaba varios mechones de cabello grasientos y desmenuzados de su cara y la suciedad de sus rodillas magulladas y manchadas de sangre.

Al llegar a la puerta principal, Floor la abrió de par en par y luego se tumbó al suelo. Sus vecinos anglosajones, al verla allí floreada en el piso, inmediatamente olvidaron quién era y vieron en su lugar un tapete floral. Mientras se limpiaban los pies, Floor se convirtió en el suelo y como tal no le importó permanecer echada un poco más pues no podía caer más bajo.

Después de que los invitados se marcharan, Flor decidió que era mejor no levantarse sino asumir la posición que le había dado el nombre Floor. Aunque inicialmente su esposo, Xavier, sintió que faltaba algo, no podía precisar qué (o quién) era, pero siendo un hombre evangélico y muy privilegiado continuó exigiendo tanto que Malicia y Marlita, quienes heredaron sus modales y apariencia, pero no los de su pobre madre, comenzaron a reaccionar, deleitándose en cómo sus ladridos exigían una acción inmediata, sin mencionar su, por fin, total atención. Ambas chicas comenzaron a competir, recibiendo órdenes y direcciones, y muy pronto, al igual que Xavier, olvidaron qué o quién era Floor. Excepto porque a todos les gustaba pisotear y limpiar sus zapatos sucios, enlodados y de suela dura en su nuevo y suave tapete floral.

Con cada día que pasaba y con cada nuevo paso dado sobre su espalda, Floor sentía que no estaba derribada, sino que se convertía en una con la tierra. Después de una tirada particularmente larga y agotadora, después de muchos días de dolor y semanas terribles de ser tan pisoteada y pisoteada, su familia finalmente salió y la puerta principal se azotó, lo que significa que no había nadie en casa. Floor entonces suspiró y soltó un grito:

¡Ay!

Floor intentó levantarse pero estaba tan débil y desgastada, tan delgada como un papel de alhelí, aplastada prácticamente hasta el olvido que, con su primer paso, se desintegró en partículas, granos diminutos no mayores que semillas. Pronto resbaló y se deslizó por las grietas del suelo de madera oscura. Algunas de las partículas de Floor inmediatamente quedaron atrapadas en la inminente corriente del aire de primavera, y en una ráfaga feroz y otra de aire caliente y húmedo se elevaron por el aire y se hizo una con el viento: la caricia del aire en el cabello de algún transeúnte, el susurro en las hojas de los eucaliptos cercanos, el estornudo a causa del polen y sí, esparcidora de semillas.

El cálido aliento de La Niña se mezcló con las últimas partículas del cuerpo de Floor: fue levantada cada vez más y arrastrada muy, muy lejos, a través de océanos, a través de mares, hacia desiertos, acantilados y árboles de la selva tropical. Ella se convirtió en nadie más que en uno con todo lo que compartía su nombre original.

Y sus semillas se posaron en la tierra, volvió a ser Flor, florecida. Se podría decir que empezó a germinar, a brotar, a fortalecerse cada día, hasta florecer por fin por todo el mundo en una fenomenal belleza.


Suzanne Hermanoczki is a writer and teacher of creative writing. Her critical and creative works on death narratives and photography, trauma and the immigrant journey, gringos, magic realism, code-switching and bi/multi-cultural identity, have been published in local and international publications. She first began studying Creative Writing at The University of Hong Kong while living and working in Hong Kong. She holds a PhD and Masters in Creative Writing from the University of Melbourne.

Traducción al español de Gabriella Munoz.

By Suzanne Hermanoczki

Issue 4 | Autumn 2024

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