Cuento atrapado en un frasquito de sal
—Experimenten con todo, no solo fluidos y materia vegetal —nos dice el profesor Manns antes de entregarnos la llave del laboratorio.
—¡Sean creativas! —continúa con desmesurada euforia —fósforo, tiza, la yema de un huevo… algún animal muerto.
Mi compañera asignada no llega. Está ‘atascada en el tráfico’ o así lo jura ella. Solo tenemos dos horas para usar el laboratorio y esta práctica representa el 40 por ciento de nuestra nota final, así que comienzo con lo que tengo. Busco algo interesante que observar, pero no encuentro nada. Bajo corriendo a la cafetería y tomo todo lo que aceptan prestarme por un rato: una botella de kétchup, servilletas de papel, aceite de oliva y un frasquito de sal.
Considero mis elementos. Descarto los fluidos y también la materia vegetal. Solo me queda el frasquito de sal. Lo abro y pongo un poco de sal bajo el microscopio. Algo se mueve adentro (¿un bicho?). Ajusto el aumento ocular y, entonces sí, veo con claridad. Casi como salida de una distopía fantasmal una personita camina por una salina. Veo como se acuclilla y entierra su mano en la sal. De la nada, una salamandra inmensurable salta y le atrapa la mano con su mandíbula colosal. Por mucho que trata, no logra salvar toda su mano. Puedo ver cómo mueve su diminuta boca, pero no escucho lo que dice. Desesperada, busco algún aparato, un micrófono, algo. Encuentro un estetoscopio en el rincón del laboratorio y cuando lo termino de instalar junto al frasquito, la personita ya está hablando con otro ser.
—¡Cánsalo y luego usa esto! —escucho que dice un saltamontes montado en un salmón mientras le alcanza un gato (el animal, no la herramienta).
Me quedo mirando la aleta dorsal del salmón que es de pelo negro como la crin de un caballo.
—¡Úsalo, úsalo, la va a hacer estornudar! —le urge el saltamontes.
—¡Aaaaaaahhhchííííííííííís!
La personita muevo el brazo impregnado en saliva azul que se le chorrea por el antebrazo.
—Vamos, que es muy tarde —se apresura el saltamontes mientras su salmón-corcel se desliza salina abajo a toda velocidad.
—¿A dónde van? —pregunta la personita.
—¡A los cipresales! —llega a gritar el saltamontes antes de desaparecer.
La personita (de la cual empiezo a encariñarme) se lanza a rodar salina abajo sin dudarlo. Es cierto, ¡puedo ver los cipreses! También hay una mesa larga donde unos cuantos comensales gimotean frases inteligibles mientras chupan de sus pipas exhalando bocanadas de vapor de azahar.
—¡Salvajismo! —sentencia una oruga en la punta de la mesa mientras salpimienta una ensalada, un poco de más.
La personita espía desde un arbusto.
—Es por el desalojo —le informa una vocecita nasal.
La vocecita es de un equidna que aparece a sus espaldas. Lleva tenis All-Star y una pequeña corbata-moño algo desalineada.
—Quieren desalojar a las orugas que instalaron sus crisálidas en medio de un rosal —explica el equidna.
—¡Desalmados! —continúa la oruga y luego vocifera sobre las represalias que va a tomar el sindicato de los trabajadores de la seda. Se levanta muy enojada y se va, con el suéter manchado de salsa.
Un portazo en el laboratorio me hace saltar del susto.
Es mi compañera que entra repartiendo disculpas y explicaciones.
—Traje cosas interesantísimas para nuestra observación —anuncia y saca de una cajita una rama de ciprés, una rosa color salmón y una oruga muerta.
¿Mera coincidencia?
Zoe Gomez Cass es una escritora argentina radicada en Melbourne. Escribe cuento y poesía acerca de cosas mágicas, góticas, extrañas y futuristas. Conduce el podcast The Exophonic Writer. La encuentras en Instagram como @the_exophonic_writer.
By Zoe Gomez Cass
Issue 4 | Autumn 2024